María Clara Sharupi, escritora shuar que venció a la polio

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La poliomielitis marcó su infancia. La enfermedad relegó su vida durante tres años a la crianza de pollos. A diario sufría con la idea de que en cualquier momento la matarían por ser una niña con discapacidad, pero los cuidados de su madre y las medicinas ancestrales la ayudaron a sanar y a ­recuperar su vida.

Para María Clara Sharupi, escritora, académica y lideresa shuar de 54 años, ese fue uno de los momentos más duros y de mayor aprendizaje en su vida; una existencia que comenzó en Sevilla de Don Bosco, en Morona Santiago, y que ahora transcurre entre Quito y su comunidad, el Centro Shuar El Consuelo, en el Puyo.

María Clara es la penúltima de 16 hijos. Nieta de Juan Vicente Sharup’, uno de los últimos guerreros shuar, e hija de Consuelo Tirís y José Antonio, dos shuar que tuvieron que afrontar los problemas generados por la extracción de caucho, la fiebre amarilla y el maltrato de los colonos.

Durante el tiempo de su convalecencia por la poliomielitis aprendió a afinar sus sentidos. Se volvió una niña observadora y atenta de su entorno. En silencio veía cómo su madre preparaba la chicha, prendía el fuego y se relacionaba con su esposo y sus hijos.

Después de recuperar la movilidad en su pierna fue a la escuela. Allí tuvo que compartir el aula con los hijos de los colonos. A diferencia de otros niños shuar, no tuvo problemas en esa convivencia. En su interior sabía que los peores dolores ya habían pasado.

Los siguientes años estuvieron marcados por su deseo incontrolable de subirse a los árboles, de ir al río a pescar y de aprender todo lo que le enseñaban en la escuela.

Con el paso del tiempo, ella se convirtió en una niña extrovertida que veía con atención los conflictos que había entre las tradiciones de su familia y la doctrina de las comunidades religiosas católicas.

Cuando su madre la llevó a un internado en Quito, en su vida apareció la literatura. El primer libro que cayó en sus manos fue ‘El fantasma de Canterville’, de Óscar Wilde.

Se indignó leyendo ‘Cumandá’, porque no estaba de acuerdo con la visión que Juan León Mera tenía sobre la Amazonía y se emocionó a rabiar cuando descubrió a Truman Capote.

Poco tiempo después comenzó a escribir pequeños versos en sus cuadernos, un ejercicio que siempre ha realizado en shuar y en español.

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María Clara asegura que comenzó a escribir por la necesidad de recuperar el poder de la palabra shuar.

“Con mis versos le canto al amor de Arutam, al padre eterno y supremo y con la evocación de la diosa Nunkui revivo la bendición y transmisión de las tradiciones hacia la mujer”, dice la escritora sobre su proceso creativo.

Esta pulsión por escribir y contar sobre su mundo ha permitido que su poesía aparezca en antologías como ‘Amanece en nuestras vidas’ y ‘Collar de historias y lunas’, un libro que reú­ne el trabajo de poetas indígenas de varios países de Latinoamérica.

Asimismo, estas publicaciones ayudaron a que su literatura sea estudiada en universidades de Estados Unidos y que la inviten a seminarios literarios en países como Italia, MéxicoChileColombia y Perú.

Ariruma Kowii, docente de la Universidad Andina Simón Bolívar, sostiene que María Clara tiene una conciencia lingüística del valor de la palabra y de la escritura. Y que en sus versos ha logrado plasmar la importancia de los cantos de los rituales shuar.

Los cantos a los que hace referencia Kowii son parte de ‘Tarimiat’, el libro que publicó en 2019 con la editorial Abya-Yala. En este poemario aparece una serie de textos eróticos y románticos, pero también los Anent’, que se trata de poesía ritualizada.

Kowii agrega que el interés de esta autora por la poesía no es una casualidad. “Ella viene -dice- de un pueblo guerrero, pero también poético, que armoniza en el habla cotidiana la palabra y las expresiones”.

Ese espíritu guerrero y poético que es parte de su esencia la impulsó a entrar en la academia; estudió Gestión para el Desarrollo Local Sostenible en la Universidad Politécnica Salesiana y a convertirse en una de los líderes de su comunidad.

En la mesa de la sala de su casa, ubicada en el barrio La Floresta, hay una placa de color verde. Es el reconocimiento que, hace unos años, le entregaron los Trabajadores Petroleros del Distrito Amazónico por reivindicar sus derechos laborales.

Por: Gabriel Flores / Crédito: Patricio Terán/ EL COMERCIO

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