¿Posesión diabólica?… Un misterioso relato de Limón Indanza

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Llamaron un día al Padre Silverio para que visitara a una enferma en las afueras de Limón. Al entrar en la casa encontró una mujer Shuar llamada Tsurikia. Vivía con ella su hija de doce años. Era la enferma. Se llamaba Mik. Enseguida, con solo mirarla, noto en la chica síntomas raros: el plante, la mirada, el semblante; los movimientos forzadamente controlados, dejaban escapar breves y rápidos tics nerviosos… El P. Silverio, la miró fijamente unos instantes, procurando no despertar alarma de desconfianza en ella. Algo misterioso irradiaba su persona.
Los que la habían tratado, decían que se daban en ella reacciones y actitudes inexplicables. No parecía que se tratara de una enfermedad común. La habían llevado repetidas veces al hospital de Limón. No daban con medicina que pudiera aliviarla. Doctores, Psicólogos, sacerdotes…
Como la madre de la adolescente era de la etnia Shuar habían llamado a brujos-curanderos de su raza. No pocas veces, la enferma se escapaba de casa y desaparecía. Nunca supieron a dónde iba. No tenía amigas. Ni su madre, ni persona alguna sabía que hacía fuera de casa.
La gente que conocía la familia, había notado en la choza familiar la presencia de un conejito. Era como la mascota de la pequeña Shuar. La niña jugaba con él; le decía ternezas; le rascaba la cabecita; le cogía el mentón, las orejitas. El animalito mostraba visiblemente agrado con estas muestras de cariño.
Un día la enfermera que la atendía en el hospital, mandó llamar con urgencia al Padre Silverio para que fuera a la casa y bendijera a Mik. La enfermera no dijo al Padre porque lo había llamado con tanta urgencia; y por qué le había pedido la bendición para su paciente. Tampoco el padre tuvo la ocurrencia de preguntarlo.
El Padre llegó a la paupérrima vivienda Shuar. Había llevado el ritual y agua bendita. Bendijo a la niña y la asperjó con agua bendecida. Luego se detuvo con la niña y con la enfermera conversando de cosas indiferentes. Cuando el Padre abrió la puerta para salir al exterior, Mik, se exalto y empezó a insultar. Gritaba desaforadamente ultrajando al Padre y diciendo bajezas vulgares e inmorales. Nadie lograba sujetar ni reducirla al silencio.
Al día siguiente, la enfermera fue personalmente a la Misión rogando al Padre que, por favor, fuera de nuevo a visitar a la enferma. Estaba inaguantable. No sabían qué hacer con ella. Se enfurecía, gritaba, se revolvía contra todo el que encontraba. Tenía un lenguaje soez y usaba palabras que no eran propios de sus años y de los escasos estudios elementales que había hecho. El Padre Silverio pidió a la enfermera que llevara a la madre y a la hija a la Misión.
Mientras llegaban, estuvo pensando en la solución que podría darse al caso. Creyó que rociar con agua portadora de la acción de Dios sería lo mejor para comenzar. Si la situación se volvía muy crítica, procedería al exorcismo.
Cogió del anaquel del despacho parroquial, el ritual, busco en el índice, y, después de dar un vistazo a las oraciones, pensando cómo debería proceder en caso necesario, dejo señalada con un registro la página del exorcismo.
Llegaron al despacho la enfermera, la mamá y la enferma. El Padre dialogó con la madre y con la enfermera, haciendo algunas preguntas que le parecieron necesarias para tener mejor información sobre el caso. Era alumna de segundo de básica. El Padre se puso la estola al cuello y cogió el ritual para empezar a orar y darle la bendición.
La niña al verlo se levantó de un salto de la silla en que estaba sentada y salió disparada por la puerta. Se abrió camino violentamente por entre algunos curiosos que ya estaban al tanto y esperaban el resultado a la puerta del despacho parroquial; dio la vuelta a la casa de los Padres y comenzó a trepar por las empinadas pendientes que rodean las construcciones de la Misión.
(Fotografía: cantón Limón Indanza)
Algunas de las personas que la vieron, corrieron tras ella. Otras empezaron a gritar pidiendo que la detuvieran. Se alborotó todo el vecindario. Algunos vecinos por un lado y los que estaban en el patio de la Misión por otro, corrieron tras ella y le dieron alcance. La sujetaron, y, a la fuerza, la llevaron al despacho donde esperaba el Padre.
Que se siente a mi lado, dijo el Padre Silverio a los que la traían. Yo voy a tenerla cogida del brazo mientras hago la oración del exorcismo. La mamá salió del despacho y cerró la puerta. «Yo, me decía el Padre Silverio, sujetaba firmemente a la enferma, agarrándole la muñeca con la mano izquierda. Y recitaba las oraciones del ritual que sostenía abierto con la mano derecha A cierto punto de la oración, una señora me ayudaba sosteniendo el ritual. Con la mano derecha cogí el extremo de la estola y la puse encima de la cabeza de la niña; y grite muy fuerte y con voz de mando por tres veces: ¡Espíritu maligno, fuera, sal de aquí!
La niña permanecía muda, sin decir una palabra ni dar muestras de inquietud. Terminada la oración la llevaron a casa sin resistencia alguna».
La gente comentaba más tarde, que la mamá llevó a la chica a Loja a pedirle al Padre Salvatore di Módica la curación.
Yendo de camino, el conejito, mascota de la niña, murió en el autobús. Al saber de este particular se preguntaban ¿»Habría estado el diablo en el conejito?». Después, nadie volvió a hablar del caso.
Tomado del libro
LIMÓN INDANZA: APUNTES DE MI TIERRA COMPILACIÓN DE RELATOS DE VIAJEROS, ENTREVISTAS, EDITORIALES Y ESCRITOS DESDE ANTES DE SU FUNDACIÓN EN 1.914.
Por: Nardo Iñiguez Marín

APUNTES DEL P. SILVERIO EQUISOAIN

Exprésate Morona Santiago

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